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Hace no tanto tiempo, para comprar una entrada para un concierto acudías a la tienda de turno y el dependiente te la daba en mano. Si había mucha demanda, al llegar podías hacer un cálculo a ojo de la gente que estaba en la cola para tener una idea de tus posibilidades, que por lo general eran muy amplias.
Con el cambio de siglo empezó la venta por internet. Durante el primer lustro se montaban largas filas a las puertas de los establecimientos porque la confianza en el ordenador escaseaba. Sabías que podías tardar unas cuantas horas, pero también sabías que la paciencia tendría un premio.